18 de mayo de 2008

Aguas.

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Cuando sea mayor
te regalaré un barco.
Mientras tanto
zarpo
polizón de tu bolsillo.
Zambullida en tus aguas,
surcándote.

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Imagen: Michal Giedorjc.

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15 de mayo de 2008

Querido papá.

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Niza, 14 de julio de 1912.
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Querido papá.
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La playa no se parece en nada a Lyon. El primer día que vi el mar me asusté; es mucho más grande de lo que esperaba, y, aunque estaba tranquilo, sentí miedo pensando que en cualquier momento una ola podría tragarse a los niños que se bañaban en él y a la pareja de mayores que paseaban por la orilla. Pero me he dado cuenta de que el mar es bueno y trata con dulzura a quienes nos acercamos a él.
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Recojo caracolas para ti. Me gusta buscarlas, mirarlas y meterlas en la cajita que me regalaste antes de subir al tren. Son preciosas. Tengo ya muchas y te las daré cuando vengas a vernos. Cuando le pregunto a mamá si todavía falta mucho tiempo para eso sonríe acariciándome la mejilla, y diciéndome que los baños de sol me sientan muy bien. Su sonrisa es triste, y sé que está pensando en ti; te echa de menos.
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Ella sí que está guapa, papá… Si la vieras ahora, mientras te escribo, sentada bajo el toldo, con la brisa agitando suavemente los cabellos desprendidos de su peinado, y su respiración tranquila y sosegada, te parecería la mujer más bonita del mundo. De cuando en cuando levanta la mirada del libro que lee y me mira, y sé que está pensando en ti; te echa de menos.
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He recorrido ya el hotel de arriba abajo. Me gusta observar cómo al caer la tarde todas sus luces comienzan a encenderse. Durante la cena, se sientan a la mesa con nosotras Madame Poyleau, una señora ya anciana de Grenoble que pasa aquí todo el verano, y Armand, su sobrino, un joven parisino de unos treinta años de aspecto muy risueño. Llegó hace dos semanas para acompañar a su tía durante unos días, pero ha decidido alargar su estancia. Armand es muy amable con nosotras, me hace reír y a mamá parece agradarle mucho. La otra noche se ruborizó cuando él, al retirarnos a nuestra habitación, le besó la mano y le dio las buenas noches llamándola “mi pequeña niña”.
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Le he preguntado a mamá si en otoño, cuando ya estemos de regreso en Lyon, en nuestra casa, Armand podrá venir a visitarnos. Estoy segura de que te gustaría conocerlo, y a nosotras nos encantaría poder pasar de nuevo unos días con él. Mamá me ha sonreído, acariciándome la mejilla, y diciéndome que los baños de sol me sientan muy bien. Su sonrisa era triste y sé que estaba pensando en ti; te echa de menos.
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¿Vendrás pronto, papá? Estoy deseando que lo hagas ya, y sé que mamá también.
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Un beso, papá.
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Jeanne.
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Ilustración: Diane Ethier.
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13 de mayo de 2008

En la penumbra.

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Sigilosa, me cuelo todas las noches en tu alcoba, aprovechando la generosidad de tu ventana. Tú, dormido y hospitalario, te dejas hacer. Te contemplo y acaricio silenciosa tu silueta en la penumbra, hasta el amanecer. Y me voy feliz, segura de que habrá una noche más, y otra, y otra…
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¿Mi nombre? Me llaman… Luna.
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Dibujo: "Mujer sentada desnuda contemplando a un hombre dormido". Picasso.

Música: "Pale Moon". Toshiyuki Omori.
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11 de mayo de 2008

1+1+1+1

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Si YO pongo MI cometa…
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y pones TU cometa…
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Y si YO pongo MI bicicleta…
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y pones TU bicicleta…
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¿Qué tenemos?
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¿Dos cometas y dos bicicletas?
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¡No!
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Un NOSOTROS y NUESTRAS cometas y bicicletas.
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Ilustraciones: Tressa Stubbs.
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9 de mayo de 2008

De caricias, piel y guantes.

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La mujer de labios de mora salvaje y guantes de cuero negro acercaba una y otra vez el aliento de su boca a la del hombre de mármol, mientras su mano acariciaba tiernamente su mejilla, en el intento de hacer latir su corazón.
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Vano intento que sólo dejó de serlo cuando la mujer de labios de mora salvaje y guantes de cuero negro descubrió que el hombre de mármol necesitaba ser acariciado con el contacto de una piel que no fuera de cuero.
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Moraleja:
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Hay caricias que sientan como un guante y a las que siempre, siempre, hay que echar el guante.
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Fotografía: Serge Leblon.
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8 de mayo de 2008

Citríbales.

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Henri Matisse

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Incontables naranjos, limoneros, mandarinos y toronjos dibujan bajo un límpido cielo las teselas del mosaico de los campos que rodean al poblado citríbal, y su esencia impregna del suave aroma cítrico el ligero murmullo del aire luminoso que lo envuelve.

Los citríbales cultivan su tierra desde tiempos inmemoriales, con delicadeza y mimo. Son hombres y mujeres pacientes, sin más riquezas que los frutos de estos árboles, de los que se alimentan, como los frutales, también pacientes, se alimentan de los cuidados de los citríbales.

Los días citríbales se suceden al ritmo de esta grata cadencia, tan sólo interrumpida por el especial alborozo que provoca la cosecha, el latido de la media naranja, o la sorpresa del nacimiento de una nueva mandarina suspendida de las ramas más bajas de los mandarinos azules de la vereda.

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Ann Tuck

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6 de mayo de 2008

Imposible.

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Aunque te pueda parecer imposible, siento debilidad por quien desea lo imposible.
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5 de mayo de 2008

Desnudez.

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Cada retorno de él desabrochaba un botón de la blusa del alma de ella. Él, deslizándose. Ella, a punto de caramelo. Hasta que la dejó desnuda. En pocos retornos, en pocas palabras, en pocos botones, desnudez.
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No hubo más retornos; ya nunca él se fue.
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Fotografía: Virginia Tiavir.
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